
8. Marcado
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Orj cerró los ojos e intentó olvidarse de la mujer que estaba sentada a su lado. No era fácil. Podía sentir el calor de su cuerpo, el embriagador aroma a mar de su piel, y, lo peor de todo, era terriblemente consciente del latido de su corazón. El pulso de Lidia lo enloquecía, tentándolo y excitando su cuerpo.
Pero ella era humana y nada de eso tenía sentido.
Él no debería desear hundir su rostro en el cuello de Lidia para aspirar ese olor capaz de hacerle perder la razón y transportarlo a un lugar diferente, mejor. Porque ella olía como un atardecer de verano en una playa desierta y virgen. Su playa desierta y virgen. Ella era el único lugar en el que él quería estar.
«Dioses».
Mucho menos debería querer atravesar con sus colmillos la suave piel de la garganta de Lidia y beberse su esencia líquida. Pero lo deseaba. Todo su cuerpo lo deseaba y los afilados y agudos dientes que habían crecido en su boca lo delataban.
«Estoy enfermo».
Sí, lo estaba. Pero esa no era una novedad. Lo sabía y las cicatrices que marcaban su cuerpo eran un recordatorio para él mismo y una advertencia para los demás. Lo diferente no era su desviación, sino el objeto de su deseo .
«Por todos los reinos de Atiskaya, ella es humana».
Y aún así él quería bebérsela. Deseaba con todo su ser hacerla suya y alimentarse de ella.
Peor. Deseaba que ella se lo bebiera a él, que tomara dentro de sí su esencia y lamiera cada una de las gotas de sangre que seguían brotando de su garganta.
«No, no estoy enfermo. Esa palabra se ha quedado corta para describirme».
¿Qué demonios iba a querer Lidia de él? ¿Su esencia contaminada por las almas retorcidas que se veía obligado a devorar para no desparecer? ¿Su sangre? ¿Su cuerpo desfigurado por las marcas de su castigo? Sí, sobre todo eso último. No era capaz ni de pensar qué resultaría más abominable para una humana de alma pura como ella, la idea de beber la sangre de otro ser, que él se alimentara de ella o el mero hecho de contemplar sus cicatrices.
Era obvio que la cicatriz de su rostro había sido lo suficientemente repelente para ella. Sólo había necesitado tocarla para dejar de besarlo. Bueno, aquello no era del todo cierto, antes de eso ella ya había roto a llorar nada más descubrir la asquerosa marca que atravesaba su cara. Y aún así él se había lanzado a su boca como el patético idiota que era. ¿Qué esperaba que hiciera ella además de apartarse asqueada?
«¿Por qué demonios he tenido que besarla?».
Ah, sí, claro, por lo mismo que ahora sus pantalones parecían haber encogido por arte de magia hasta quedar ridículamente ajustados en su entrepierna. La proximidad de Lidia no ayudaba a que pudiera aclarar su mente, pero la herida abierta en su garganta lo hacía menos todavía. Y aún así no quería cerrarla.
Eso, y el atracón de almas corruptas que se había dado en lancha incluso a costa de Alix, del que se había olvidado por completo mientras saciaba su hambre y seguía sus instintos.
«Patético, gaedo».
De cualquier manera debía curar la herida de su cuello y limpiar la sangre antes de que Alix regresara. Lo último que él necesitaría al volver sería ver la invitación abierta para que saciara el hambre que seguramente Irin no había conseguido más que aliviar levemente. De hecho, pensó, Alix ya debería de haber regresado. Lo conocía lo suficiente para saber lo poco que disfrutaba de la compañía de la gaedain y lo breves que solían ser sus encuentros. Y, aunque sabía que su compañero nunca lo admitiría, su aversión no se debía a que ella hubiera renunciado a regresar a Gaelan y se hubiera convertido en una carroñera, sino a la tentación que suponía dar exactamente el mismo paso que Irin había dado hacía ya mucho tiempo, perder toda esperanza de regresar a casa, y ampliar sus opciones de alimentación.
En ese preciso momento él mismo estaba seriamente tentado a romper todas las reglas y alimentarse a placer de Lidia. Sólo de Lidia.
«Mierda. ¿Dónde demonios se ha metido Alix?».
Suspirando frustrado, miró de refilón a Lidia, que seguía sentada inmóvil y en silencio a su lado, claramente incómoda con su compañía. O trazando un nuevo plan para escapar de él. O seguramente ambas cosas.
«Vuelve, Alix, por lo que más quieras. Si tengo que volver a sujetarla no creo que sea capa de detenerme».
Aunque, quizás, si se decidiera a cerrar la maldita herida de su cuello podría recuperar algo de autocontrol. Y perder la esperanza de que ella se alimentara de él.
«¿Cómo se va alimentar de mí? Ella es humana, antes me moriría desangrado si eso fuera posible».
—Esto… Oye… —la dulce voz de Lidia lo obligó a salir de sus pensamientos y abrir los ojos para fijarse en ella.
«Dioses, qué hermosa es».
—Deberíamos hacer algo con esa herida —dijo cuando tuvo su atención y Orj se estremeció cuando se incluyó a sí misma en la oración—. No ha parado de sangrar y… Bueno, tiene mala pinta.
Orj negó con la cabeza, divertido. Era agradable que alguien se preocupara por él, además de Alix. Aunque ella, seguramente, se estaba preocupando de sí misma y de las consecuencias que para ella pudiera tener haberlo atacado.
—Tiene fácil arreglo, en realidad —dijo, sin poder ocultar una sonrisa mientras cerraba de nuevo los ojos y se concentraba en arreglar el desastre en su cuello y cerrar la herida abierta—. No te preocupes.
—Ya, pero es que en parte es culpa mía. Es decir yo puse el cuchillo ahí y… ¡Oh, dios mío!
El grito sorprendido de Lidia le hizo saber que la curación estaba funcionando y tuvo que esforzarse para acabar el trabajo y no sucumbir a la risa.
—¿Ves? Te dije que no tenía importancia —dijo, sin moverse ni abrir los ojos todavía y queriendo parecer despreocupado para facilitarle las cosas a Lidia.
Era una suerte que al menos los riados hubieran tenido la generosidad de dejar intacta la habilidad de sanación para ellos mismos. Claro que era frustrante no poder usarla en nadie más. Pero también lo era no poder observar ahora la expresión que se debía de haber adueñado de la cara de Lidia.
—¿Cómo…? —empezó a decir Lidia, titubeando, y claramente incapaz de expresar con palabras lo que veía—. ¿Cómo has hecho esto…? ¿Cómo es posible?
Orj contuvo una sonrisa y sintió el movimiento a su lado, delatando que Lidia se había levantado. Tenía que limpiar la sangre de su cuerpo antes de que Alix regresara, pero no podía perder a Lidia de vista, menos aún si estaba aterrorizada o presa de un ataque de nervios.
—No es nada, sólo magia —explicó, intentando que su voz fuera lo más suave posible—. Un truco.
—Ya, claro, un truco —protestó ella, que se alejaba de él caminando de espaldas—. ¿Olvidas que era yo la que sujetaba el cuchillo?
—Mira —dijo, teniendo hacia ella una mano, invitándola a acercarse, y concentrado todo su poder en la otra mientras limpiaba con un gesto la sangre que manchaba su piel—. ¿Ves? Magia…
—Esto no está pasando —murmuró ella.
—Tranquilízate, Lidia —ordenó, convencido de que nada de lo que hiciera o dijera conseguiría calmarla—. Después de lo que me has contado y lo que te ha pasado creo que esto es, de todo lo, que menos tendría que preocuparte .
Lidia no respondió y Orj se dio por vencido.
Que hiciera lo que le diera la gana. Al fin y al cabo, quién era él para impedir que ninguna mujer tuviera un ataque de nervios.
Miró su ropa, sin perder de vista a la joven que lo contemplaba crispada y ojiplática, y se convenció de que no había salvación posible para su camiseta. De eso, y de que si no le importara en absoluto la mujer que había frente a él la escena le estaría resultando de lo más divertida. Pero le importaba. Demasiado. Y ella no sólo lo aborrecía sino que ahora, además, le temía.
«Genial».
Ignorándola, o intentándolo, se quitó la camiseta y oyó un gemido sorprendido de ella. Bien, las cicatrices de su cuerpo la asqueaban tanto o más que las de su cara. ¿Qué esperaba? Trató de no pensar en ello y el dolor que le provocaba, y que no tendría que sentir, mientras desvanecía en sus manos la camiseta manchada. Pero antes de tener tiempo de plantearse conjurar otra prenda que cubriera su repugnante cuerpo marcado, se encontró con Lidia frente a él, deslizando suavemente las yemas de sus dedos sobre las cicatrices que surcaban su piel.
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