Humanismo digital. Arquitectura onírica. Corresponsalía desde mundos invisibles.

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¿Y si…?

«¿Y si te pones en serio con la segunda parte de la novela y dejas la tontería esa con la que te estás entreteniendo ahora?».

«¿Y si te tomas más en serio la tontería esa con la que te estás entreteniendo ahora y la conviertes en un libro en lugar de hacer el tonto?».

«¿Y si la mandas a una editorial? Te está quedando bien, no es mi estilo, cierto, pero hay que reconocer que tienes gracia escribiendo esto y quién sabe».

«¿Y si la presentas a un premio?».

«¿Y si haces lo que sea en lugar de publicarla gratis? ¿No quieres editoriales? Vale, no lo entiendo, pero lo acepto. Publícalo en Amazon como con la otra novela. Regalarlo y publicarlo por entregas no me parece inteligente».

«¿Y si cobras por cada entrega? Si te empeñas en publicarlo así siempre podrías intentar sacar un provecho. No es que estés en tu mejor momento e ir regalando tu trabajo…».

¿Y si me dejáis en paz de una maldita vez?

Porque, vale, sé que cada una de estas ideas lleva implícito un «si te digo esto es porque te quiero y me preocupo por ti». Y yo también os quiero, mogollón, una inmensidad, pero las cosas no siempre son totalmente blancas ni totalmente negras. Es más, por lo general, son de cualquiera de los mil posibles tonos de una casi infinita escala de grises.

Y, sí, lo sé, ahora mismo ganar un euro es un triunfo para mí. Ganar medio euro es un triunfo. Pero, ¿sabéis algo? No todo es dinero. Y, creedme, nadie sabe mejor que yo lo mucho que puedo necesitar ese medio euro que según vosotros me niego a ganar. Es más, lo primero que pienso cada mañana al levantarme y por la noche al acostarme es en el medio euro de las narices. Pero no todo tiene un precio. Os pongáis como os pongáis.

Ya sé que trabajo mejor bajo presión. Sí. Lo sé. Pero esto no es trabajo, es otra cosa. Y cuando no quiero publicar, o no quiero hacerlo de una manera o de otra, no es por miedo escénico, es porque lo que uno escribe es una parte de uno mismo. No es como ponerse delante de un micro, ni como escribir un artículo. Ahí no hay un trozo de alma desprendido -no, no lo hay…-. Y en esto sí.

¿Recordáis lo que pasó la última vez que la presión sobre mí fue excesiva? Sí, exacto, desaparecí y tardé dos años en recomponerme y publicar lo que, de otro modo, seguramente hubiera publicado antes. La presión funciona para el trabajo, no para esto. Dejadlo ya.

No quiero sucumbir a la presión, a ninguna de ellas. Y son muchas las que ahora mismo ejercen fuerza sobre mí. Pero no quiero sucumbir. Así que, seguiré igual y ya veremos.

Y todo irá bien.

«¿Cómo? No se sabe. Es un misterio…»

Ladrones de Almas IX

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9. Hierro y fuego

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Lidia estaba paralizada. Sabía que tenía que aprovechar aquella oportunidad para escaparse ahora que estaba más cerca de la puerta de lo que había estado desde que se había despertado y, además, había conseguido poner cierta distancia entre su guerrero y ella. Si corría podría tener cierta ventaja. Ella era pequeña y rápida, él era alto y fuerte, y, por eso, seguramente más lento que ella. Con suerte, quizás, también más torpe.

Sí, debía correr y escapar. Pero no podía.

Su cuerpo no respondía. Sus piernas no obedecían las órdenes de su cabeza. O sí, porque su cabeza no parecía capaz de hacer mucho más que repetir que nada de lo que veía podía ser cierto. Su guerrero no había podido curar la enorme herida de su garganta en sólo un par de segundos. Nadie emanaba luz de su cuerpo y se encendía como una bombilla. Nadie.

«Esto es un sueño. Tiene que ser un sueño».

Sabía que él le hablaba, pero ella no entendía más que algunas de sus palabras. Su guerrero parecía tranquilo y calmado, como si nada de aquello fuera extraño. Pero lo era.

Y ella tenía que escapar.

«Por favor, no me falléis, piernas».

Y sus piernas no fallaron. Pero caminaron en la dirección exactamente contraria a la que ella había planeado cuando su guerrero se quitó la camiseta y descubrió un hermoso torso surcado por profundas cicatrices.

Cicatrices enormes y terribles. Y conocidas.

«Dios mío, ¿qué le han hecho?».

Algo se encogió en el interior de Lidia y si ella pensara que todavía tenía capacidad alguna de sentir, habría jurado que era su corazón. Pero ella ya no tenía corazón, se lo habían arrancado a base de golpes.

«Y a él también».

De pronto, y sin saber cómo, se encontró acariciando la abultada suavidad de una enorme cicatriz, terriblemente ancha, que cruzaba el pecho de su guerrero. Sus dedos absorbieron el calor de la bronceada piel del hombre que tenía enfrente, sintió cómo él se tensaba e incluso oyó algo que le pareció un gemido o, quizás, un leve y profundo gruñido. Pero él no se movió ni escapó de sus caricias. Y ella no podía prestar atención a nada más que en la cruel marca que acariciaba.

No pudo fijarse en las hermosas líneas de los tatuajes que parecían jugar conscientemente y enroscarse con las marcas, finas o gruesas, largas o cortas, que habían dejado los cortes que alguna vez habían sido hechos en su cuerpo. Sólo podía pensar en esa otra cicatriz, más grande, gruesa, y terrible. Una marca que Lidia no tenía duda alguna de cómo fue hecha.

Sin que pudiera evitarlo sus ojos se llenaron de lágrimas y su mente viajó a un pasado que ella se había obligado a enterrar profundamente en su memoria. Pero no lo suficientemente hondo. No lo suficientemente lejos.

—¿Qué es lo que no entiendes, Lidia?—. Podía oír la voz de Pit con total claridad, igual que los gemidos que salían de la garganta de ella desde el momento en el que la había cogido por el brazo y la había lanzado con fuerza al suelo.

—Lo siento, Pit, no volveré a hacerlo. Te lo juro. —Había suplicado ella entre sollozos, pero eso sólo había encendido aún más la rabia de Pit.

—¿Me lo juras, Lidia? ¿Me lo juras? —La voz de Pit llena de rabia mientras la golpeaba una y otra vez. —Eso fue lo que dijo la puta de tu madre antes de traicionarme y abandonarnos a ambos.

—Pit, yo…

—¡Cállate, Lidia!

Una patada en el costado acompañó a la orden de Pit, obligándola a obedecer.

—¿Qué hacías hablando con ese muerto de hambre?

Lidia no había sabido qué responder a la pregunta de Pit. ¿Cómo decirle que sólo deseaba un amigo? ¿Alguien de su edad con quien jugar? Pit nunca la entendería. Ni la creería. Él siempre pensaba que Lidia los traicionaría y usaba cualquier excusa para reafirmar sus sospechas y teorías. «Eres como la zorra de tu madre», le gritaba una y otra vez cuando se enfadaba.

—¡Respóndeme cuando te pregunto! —había gritado furioso y un nuevo golpe en las costillas de Lidia la había obligado a encogerse aún más sobre sí misma.

Ése es el problema contigo, Lidia. No reconoces la autoridad, ni la respetas.

La voz de Pit había sonado repentinamente tranquila. Demasiado. Y Lidia había temido lo peor, y aún así su mente no había sido capaz de prever lo que vendría.

—Pero arreglaremos eso, niña —dijo Pit, mientras un sonido lejano inundaba la habitación—. Aprenderás a obedecerme y jamás volverás a olvidar quién es tu padre, Lidia.

Lidia no lo había oído acercarse y poco o nada pudo hacer para defenderse de la patada en el estómago que la puso boca arriba. Menos aún para evitar que él levantara su camiseta y presionara con fuerza algo contra su piel desnuda. El dolor penetrante que de inmediato sintió en su piel se extendió rápidamente por todo su cuerpo, que reaccionó con espasmos y temblores. Pero Pit la sujetó con fuerza, apoyando una rodilla sobre sus piernas y otra en sus brazos, manteniéndola tendida en el suelo.

Soy tu padre, Lidia y tú tienes que obedecerme. Eso es lo que hacen las niñas buenas ¿entiendes?

La voz de Pit llegaba a ella desde lejos, a pesar de que sentía su aliento junto a su rostro. Lidia pensó que perdería el sentido por el dolor y el asqueroso olor que inundó sus fosas nasales bien podría haberla ayudado. Pero todo terminó antes de que tuviera ocasión de desmayarse.

Así siempre sabrás cuál es tu sitio y a quién perteneces —Pit golpeó su estómago junto a la zona que aún le ardía con furia. Lidia jamás había sentido un dolor como aquel, y había sentido suficiente dolor en su vida como para creer que ya los conocía todos. Pero se había equivocado. Pit siempre podía mostrarle una nueva forma de sufrir—. Lo sabrás tú y cualquier muerto de hambre que sueñe con follarte.

El eco de la risa de Pit en su cabeza la hizo estremecer y volver al momento presente. La marca a fuego en el pecho de su guerrero bajo los dedos de una mano mientras con la otra sostenía su vientre sobre la tela de la camiseta que cubría su propia marca casi idéntica.

«No, idéntica no. Al menos él no lleva grabadas en su carne las iniciales de nadie».

Lo precario de su situación la golpeó. Quién fuera que había marcado a su guerrero no tendría reparo alguno en hacerle lo mismo a ella. Y se había jurado que nadie, nunca, volvería a marcarla. Ella no tenía dueño. Un padre no debería de ser el dueño de nadie, aunque su piel marcada a hierro y fuego gritara lo contrario.

«Tengo que escapar».

Su cuerpo tomó la iniciativa y su rodilla golpeó con fuerza la entrepierna de su guerrero, arrancándole un grito de dolor y obligándolo a inclinarse. Todo sucedió tan rápido que Lidia tardó unos segundos en reaccionar y darse cuenta de lo que había hecho.

—Lo siento —murmuró a la vez que echaba a correr hacia la puerta y su guerrero fijó en ella sus ojos de plata líquida—. Lo siento mucho…

Ladrones de Almas VIII

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8. Marcado

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Orj cerró los ojos e intentó olvidarse de la mujer que estaba sentada a su lado. No era fácil. Podía sentir el calor de su cuerpo, el embriagador aroma a mar de su piel, y, lo peor de todo, era terriblemente consciente del latido de su corazón. El pulso de Lidia lo enloquecía, tentándolo y excitando su cuerpo.

Pero ella era humana y nada de eso tenía sentido.

Él no debería desear hundir su rostro en el cuello de Lidia para aspirar ese olor capaz de hacerle perder la razón y transportarlo a un lugar diferente, mejor. Porque ella olía como un atardecer de verano en una playa desierta y virgen. Su playa desierta y virgen. Ella era el único lugar en el que él quería estar.

«Dioses».

Mucho menos debería querer atravesar con sus colmillos la suave piel de la garganta de Lidia y beberse su esencia líquida. Pero lo deseaba. Todo su cuerpo lo deseaba y los afilados y agudos dientes que habían crecido en su boca lo delataban.

«Estoy enfermo».

Sí, lo estaba. Pero esa no era una novedad. Lo sabía y las cicatrices que marcaban su cuerpo eran un recordatorio para él mismo y una advertencia para los demás. Lo diferente no era su desviación, sino el objeto de su deseo .

«Por todos los reinos de Atiskaya, ella es humana».

Y aún así él quería bebérsela. Deseaba con todo su ser hacerla suya y alimentarse de ella.

Peor. Deseaba que ella se lo bebiera a él, que tomara dentro de sí su esencia y lamiera cada una de las gotas de sangre que seguían brotando de su garganta.

«No, no estoy enfermo. Esa palabra se ha quedado corta para describirme».

¿Qué demonios iba a querer Lidia de él? ¿Su esencia contaminada por las almas retorcidas que se veía obligado a devorar para no desparecer? ¿Su sangre? ¿Su cuerpo desfigurado por las marcas de su castigo? Sí, sobre todo eso último. No era capaz ni de pensar qué resultaría más abominable para una humana de alma pura como ella, la idea de beber la sangre de otro ser, que él se alimentara de ella o el mero hecho de contemplar sus cicatrices.

Era obvio que la cicatriz de su rostro había sido lo suficientemente repelente para ella. Sólo había necesitado tocarla para dejar de besarlo. Bueno, aquello no era del todo cierto, antes de eso ella ya había roto a llorar nada más descubrir la asquerosa marca que atravesaba su cara. Y aún así él se había lanzado a su boca como el patético idiota que era. ¿Qué esperaba que hiciera ella además de apartarse asqueada?

«¿Por qué demonios he tenido que besarla?».

Ah, sí, claro, por lo mismo que ahora sus pantalones parecían haber encogido por arte de magia hasta quedar ridículamente ajustados en su entrepierna. La proximidad de Lidia no ayudaba a que pudiera aclarar su mente, pero la herida abierta en su garganta lo hacía menos todavía. Y aún así no quería cerrarla.

Eso, y el atracón de almas corruptas que se había dado en lancha incluso a costa de Alix, del que se había olvidado por completo mientras saciaba su hambre y seguía sus instintos.

«Patético, gaedo».

De cualquier manera debía curar la herida de su cuello y limpiar la sangre antes de que Alix regresara. Lo último que él necesitaría al volver sería ver la invitación abierta para que saciara el hambre que seguramente Irin no había conseguido más que aliviar levemente. De hecho, pensó, Alix ya debería de haber regresado. Lo conocía lo suficiente para saber lo poco que disfrutaba de la compañía de la gaedain y lo breves que solían ser sus encuentros. Y, aunque sabía que su compañero nunca lo admitiría, su aversión no se debía a que ella hubiera renunciado a regresar a Gaelan y se hubiera convertido en una carroñera, sino a la tentación que suponía dar exactamente el mismo paso que Irin había dado hacía ya mucho tiempo, perder toda esperanza de regresar a casa, y ampliar sus opciones de alimentación.

En ese preciso momento él mismo estaba seriamente tentado a romper todas las reglas y alimentarse a placer de Lidia. Sólo de Lidia.

«Mierda. ¿Dónde demonios se ha metido Alix?».

Suspirando frustrado, miró de refilón a Lidia, que seguía sentada inmóvil y en silencio a su lado, claramente incómoda con su compañía. O trazando un nuevo plan para escapar de él. O seguramente ambas cosas.

«Vuelve, Alix, por lo que más quieras. Si tengo que volver a sujetarla no creo que sea capa de detenerme».

Aunque, quizás, si se decidiera a cerrar la maldita herida de su cuello podría recuperar algo de autocontrol. Y perder la esperanza de que ella se alimentara de él.

«¿Cómo se va alimentar de mí? Ella es humana, antes me moriría desangrado si eso fuera posible».

—Esto… Oye… —la dulce voz de Lidia lo obligó a salir de sus pensamientos y abrir los ojos para fijarse en ella.

«Dioses, qué hermosa es».

—Deberíamos hacer algo con esa herida —dijo cuando tuvo su atención y Orj se estremeció cuando se incluyó a sí misma en la oración—. No ha parado de sangrar y… Bueno, tiene mala pinta.

Orj negó con la cabeza, divertido. Era agradable que alguien se preocupara por él, además de Alix. Aunque ella, seguramente, se estaba preocupando de sí misma y de las consecuencias que para ella pudiera tener haberlo atacado.

—Tiene fácil arreglo, en realidad —dijo, sin poder ocultar una sonrisa mientras cerraba de nuevo los ojos y se concentraba en arreglar el desastre en su cuello y cerrar la herida abierta—. No te preocupes.

—Ya, pero es que en parte es culpa mía. Es decir yo puse el cuchillo ahí y… ¡Oh, dios mío!

El grito sorprendido de Lidia le hizo saber que la curación estaba funcionando y tuvo que esforzarse para acabar el trabajo y no sucumbir a la risa.

—¿Ves? Te dije que no tenía importancia —dijo, sin moverse ni abrir los ojos todavía y queriendo parecer despreocupado para facilitarle las cosas a Lidia.

Era una suerte que al menos los riados hubieran tenido la generosidad de dejar intacta la habilidad de sanación para ellos mismos. Claro que era frustrante no poder usarla en nadie más. Pero también lo era no poder observar ahora la expresión que se debía de haber adueñado de la cara de Lidia.

—¿Cómo…? —empezó a decir Lidia, titubeando, y claramente incapaz de expresar con palabras lo que veía—. ¿Cómo has hecho esto…? ¿Cómo es posible?

Orj contuvo una sonrisa y sintió el movimiento a su lado, delatando que Lidia se había levantado. Tenía que limpiar la sangre de su cuerpo antes de que Alix regresara, pero no podía perder a Lidia de vista, menos aún si estaba aterrorizada o presa de un ataque de nervios.

—No es nada, sólo magia —explicó, intentando que su voz fuera lo más suave posible—. Un truco.

—Ya, claro, un truco —protestó ella, que se alejaba de él caminando de espaldas—. ¿Olvidas que era yo la que sujetaba el cuchillo?

—Mira —dijo, teniendo hacia ella una mano, invitándola a acercarse, y concentrado todo su poder en la otra mientras limpiaba con un gesto la sangre que manchaba su piel—. ¿Ves? Magia…

—Esto no está pasando —murmuró ella.

—Tranquilízate, Lidia —ordenó, convencido de que nada de lo que hiciera o dijera conseguiría calmarla—. Después de lo que me has contado y lo que te ha pasado creo que esto es, de todo lo, que menos tendría que preocuparte .

Lidia no respondió y Orj se dio por vencido.

Que hiciera lo que le diera la gana. Al fin y al cabo, quién era él para impedir que ninguna mujer tuviera un ataque de nervios.

Miró su ropa, sin perder de vista a la joven que lo contemplaba crispada y ojiplática, y se convenció de que no había salvación posible para su camiseta. De eso, y de que si no le importara en absoluto la mujer que había frente a él la escena le estaría resultando de lo más divertida. Pero le importaba. Demasiado. Y ella no sólo lo aborrecía sino que ahora, además, le temía.

«Genial».

Ignorándola, o intentándolo, se quitó la camiseta y oyó un gemido sorprendido de ella. Bien, las cicatrices de su cuerpo la asqueaban tanto o más que las de su cara. ¿Qué esperaba? Trató de no pensar en ello y el dolor que le provocaba, y que no tendría que sentir, mientras desvanecía en sus manos la camiseta manchada. Pero antes de tener tiempo de plantearse conjurar otra prenda que cubriera su repugnante cuerpo marcado, se encontró con Lidia frente a él, deslizando suavemente las yemas de sus dedos sobre las cicatrices que surcaban su piel.

Autosabotaje

Siempre he pensado que la escritura es mucho más que juntar palabras según unas normas dadas, con un sentido, intención y significado, para crear un mensaje -texto- narrativo o de cualquier otro tipo. Incluso cuando escribir quiere ser sólo eso, le guste o no al escribiente, es mucho más. Es un proceso de volcado -¿vómito?- que exterioriza la parte interna e invisible de cada cuál.

Desde lo más simple en la escritura manual, la presión que se ejerce al escribir, la forma de las letras, el orden de las palabras…, hasta lo menos evidente, como la elección de un vocablo en lugar de otro, la complejidad de las frases, la intencionalidad del texto, el mensaje de fondo…

Al escribir, nos desnudamos y reflejamos sobre el papel. Nos mostramos como somos, incluso cuando mentimos o inventamos, y, más difícil todavía, mostramos cuáles son los mecanismos internos -sutiles mecanismos- que conforman nuestra manera de ver y entender el mundo. Desvelamos crudamente todo lo que hay.

El lenguaje, escrito o no, es algo más que comunicación con, para y hacia los demás. Es comunicación con uno mismo, si es que uno mismo quiere hacer eso y aventurarse a esas zonas oscuras y profundas de la mente que están más allá de la consciencia.

Escribir es mucho más que plasmar palabras sobre un papel. El lenguaje es mucho más que lo que digan unos académicos rancios y desfasados -no me cansaré de decir cuánta ventaja nos llevan en eso los anglosajones…-. La literatura, entendiendo como tal cualquier expresión escrita -sí, cualquiera-, es mucho más que los que unos pocos digan.

Todo esto puede ser un yo para afuera -como casi todo lo que hacemos-, o un yo conmigo para conseguir desentrañarme y, quizás, quién sabe, llegar a ser alguien mejor.

Por eso, detrás de cualquier suceso relacionado con el acto de escribir hay un sentido y significado que lo trasciende. Por eso un bloqueo, un atasco, o la más exquisita fluidez, tiene mucho -mucho, mucho-, más significado que cualquiera que pueda resultar aparente y obvio.

Mi situación, ahora, es la siguiente. La segunda parte de Non Serviam no fluye. Más que eso, es una suerte de hemorroide en mi mente. Duele, molesta, es incómoda, y no hay hemoal en el mundo capaz de aliviar el picor, escozor y desasosiego que produce. Escribo, sí, pero no es exactamente escribir, es otra cosa. Peor.

Pensaría, por el placer de pensar en cualquier problema en lugar de intentar solucionarlo -un reflejo tan básico, tan humano-, que lo que ocurre es que tengo el típico bloqueo del escritor. Sí, lo pensaría, si no estuviera escribiendo otras cosas que sí fluyen, sí funcionan y me hacen gozar.

Sí, gozar a mí. El lector, y sé que decir eso va en contra de toda norma establecida, es un resultado -deseado o no- del acto de escribir. Un efecto colateral. Escribir es una suerte de ejercicio onanista, en cualquiera de sus formas. Una masturbación mental. O del alma. A saber. El lector aquí es como mucho un voayer. Lo sé, suena feo. Mucho. Tanto como para que nadie me lea nunca más… Pero es la cruda realidad. Es más, los que encuentran su placer más que en el escribir en el ser leídos y contemplados, siguiendo con la metáfora sexual, sufrirían algún tipo de desorden o desviación -no sé si en el buen o mal sentido de ambas palabras- como los que son incapaces de hallar placer en el sexo por lo placentero que es en sí mismo el acto y necesitan de otros alicientes para culminar.

Ahora bien, quien más quien menos es un desviado en el sentido mencionado más arriba y encuentra placer en ambos actos, el del yo conmigo en solitario y de compartir el resultado de su goce, la creatura. Son placeres distintos, no cabe decirlo, pero placeres, al fin y al cabo.

A lo que iba, antes de perderme en malas metáforas sexuales que seguramente dicen muy poco de mi salud mental, al fluir…

Si la escritura es más que sólo juntar palabras, si tiene un sentido trascendente, aunque éste venga dado por la relación interna del escribiente con su alma y dejando cualquier forma de divinidad o trascendencia inteligente y externa de lado, el hecho de que la escritura no fluya se debe igualmente a algo más que a cualquier cuestión aparantemente evidente. Las excusas del tipo «no te convence la historia», «no es el momento de este libro», «ya no te interesa el tema», etc. quedan de inmediato descartadas y se abre la puerta de eso tan aterrador -como todo lo que no dominamos o controlamos en absoluto- que denominamos subconsciente.

Según esto, si una historia fluye y otra no, hay más explicación, y más profunda, que la mera aplicable a la misma historia. ¿Un trauma de infancia? ¿Un complejo? ¿Un prejuicio? ¿Una mezcla de todos ellos?

Hay algo que sí tengo claro, porque lo he sentido, notado y comprobado. Con la historia que sí funciona me estoy dejando llevar y haciendo lo que me sale de las mismísimas narices sin tapujo alguno de ningún tipo. Con la otra, la que no fluye, en teoría también, pero en la práctica no.

La solución se muestra, pues, simple en apariencia: ¡Déjate llevar en ambas historias, garrula! Pero nada es tan simple como parece. O, al menos, no en mí, que parece que gusto de complicarme la existencia con cualquier tipo de tortura psicológica que se me ocurra. En fin. Que no es que conscientemente me constriña, lanzando mi creatividad y mi capacidad de hacer fluir la historia por la borda. Es que lo hago sin ser consciente de hacerlo. Me autosaboteo.

¿Y ante esto qué se hace?

Pues, oigan, ni idea.

En este punto empiezo a pensar que, quizás, algunas sesiones de psicoanálisis podrían resultar productivas, pero viendo el resultado que tuvieron para Marilyn -y no es que me quiera comparar, pero ahí están los datos-, una servidora no lo ve como una solución. La hipnosis, quizás, sería más efectiva, si de superar traumas internos se trata. Básicamente el razonamiento es el que sigue: saltarse las barreras de la mente consciente para influir en el insconsciente directamente. Pero, la verdad, es una solución de cobardes. Y así nos va a mi valentía y a mí.

¿Opciones que quedan? Sólo una, me temo. Seguir dándole siendo consciente que a cada paso los nudos que se deshacen -o se anudan de modo diferente- son más profundos y están más ocultos de lo que se puede apreciar contemplando la superficie, en el caso que nos ocupa, el avance y fluidez de la escritura, el goce que proporciona.

Tampoco con esta opción está uno enfrentándose cara a cara a sus demonios, no. Pero al menos sí lo hace con la forma en la que ellos han elegido manifestarse.

En resumen, que no sé nada, salvo que no me gusta en absoluto autosabotearme y, además, ser consciente de ello. Al menos, la inconsciencia, y eso sí que es una confesión de cobardes, supone un alivio que, en ocasiones, es demasiado tentador.

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