Parásitos

Cierro los ojos y puedo verlo con claridad: Un hogar, mi casa. No es un lugar fastuoso, ni siquiera es grande. Más bien es pequeñín y acogedor, integrado en el paisaje. Tiene paredes de piedra, igual que las casitas de payés que veo entre campos de cultivo cuando los fines de semana decido perderme con el coche por algún rincón lejano (lejos, muy lejos, siempre lejos) de la pequeña isla en la que vivo. Aquí, lejos es a setenta y pocos kilómetros. De punta a punta, mar a los cuatro costados que te obliga a dar la vuelta y regresar o conformarte con una falsa lejanía. En mi mente, en cambio, esa que aloja la pequeña casita de piedra integrada en el paisaje un tanto salvaje, y que es mi hogar, lejos está a años luz de todo y todos.

Mi casita de piedra, con chimenea adosada a una de las paredes, ventanas de guillotina al estilo inglés -no sé por qué-, fuerte puerta de madera y yedra trepando y cubriendo una mitad de dos paredes, es, en realidad, la simple imagen mental de una idea antigua, largamente aplazada. Mi casita de piedra no tiene realmente paredes -ni piedras-, sino palabras -y bits-. Mi refugio alejado de todo y en mitad de la salvaje naturaleza es un sueño casi olvidado, perdido en lo más profundo de mi mente. Un sueño que tenía que ver con escribir e imaginar mis mundos, con compartirlo con quien quisiera leerlo, desde la lejanía. Mi hogar, en realidad, está construido con imágenes oníricas, noches en vela, teclados con desgastadas teclas, bailes de madrugada cuando nadie puede ver que bailas mejor sola que acompañada.

Pero es un sueño perdido, casi olvidado, y no puedo evitar preguntarme el motivo. Sin abrir los ojos, cambio la imagen que observo. Ya no hay casita ni yedra que crece forrando sus paredes. No hay lejanía ni cercanía, porque no existen las distancias. Ahora, solo hay mente. Y la imagen de la mente es ni más ni menos que un cerebro, aunque personalmente siempre haya dudado que un solo órgano pueda albergar esa abstracción que hoy llamamos mente y ayer llamaban alma.

Un cerebro, pues. El mío, en mi imaginación. Eso es lo que veo. Rosado, lobulado, surcado por sinuosas líneas… Realmente no es una imagen bonita, pero la acepto. La acepto y observo hasta que algo extraño, feo, incorrecto, llama mi atención. Me acerco. Tal vez hago zoom -¿existe el zoom mental? Supongo que sí, porque ahora veo el detalle de la imagen anterior y casi solo le falta el pie de página para ser la perfecta copia de la típica y aburrida ilustración del típico y aburrido libro de texto. Solo que esto no es un libro de texto, es mi imaginación, y lo que veo no es típico ni aburrido, sino extraño y espeluznante.

Me acerco más -o insisto en el zoom-. Quiero saber qué es esa mancha viscosa adherida a mi cerebro imaginario. Es de un feo color marrón, moteada con irregulares forman verdes, negras, granates. Es asqueroso… Y palpita.

Palpita. La cosa palpita y contengo una arcada. La cosa palpita y comprendo que está viva, adosada a mi cerebro imaginario, contaminándolo y alimentándose de él.

Más náuseas. Escalofríos. Sudores fríos. Temo que mi rato de meditación vaya a acabar en catástrofe, porque no creo que pueda soportar esto más tiempo, lidiar con la certeza de saber que veo algo real, representado en nauseabundas imágenes, sí, pero real. La bilis sube por mi garganta y sé que no lo voy a soportar. Adiós meditación, pienso, antes de que mi cuerpo se relaje, la imagen frente a mí se aleje igual que si alguien hubiera hecho zoom out, y sentir a mi lado la reconfortante presencia de Aúspice.

—Los encontraste, princesa —susurra y siento la sonrisa que ilumina su voz, aunque no puedo verlo—. Enhorabuena.

Por un instante sus palabras me tranquilizan y el malestar que se había adueñado de mí se esfuma, tan rápido que dudo que nunca haya existido de verdad. Mi ratito de meditación ya no corre peligro, me digo, antes de recordar que el Muso es, en realidad, el mayor peligro de todos. De inmediato, caigo en que ha hablado en plural y el malestar regresa.

—¿Los? —pregunto y mi voz mental es tan titubeante que por un momento no sé si he hablado en realidad en voz alta.

—Los —repite—. Son bastantes.

La imagen de mi cerebro imaginario, que ha recuperado su escala inicial, gira sobre sí mismo y muestra todos sus ángulos. Mientras lo hace, concentrándome en mi respiración para mantener la calma, cuento al menos veinte de esas manchas viscosas -vivas, palpitantes, me recuerdo-, situadas en distintas zonas. Tienen diferentes tamaños, también distintos colores, aunque ninguna se aleja demasiado de la asquerosa gama cromática de la primera de ellas. De pronto, observándolas, entiendo -sé en lo más íntimo de mí-, que no todas están igual de incrustadas, no todas son igual de grandes, ni contaminantes, ni poderosas. No todas hacen el mismo daño, pero sin ninguna duda todas dañan.

—¿Qué son?

Oigo un suspiro y creo sentir un movimiento incómodo a mi lado. No quiero moverme ni cambiar mi foco de concentración, no quiero que se acabe ya mi ratito de meditación -por asquerosa que haya acabado siendo la visualización-, y Aúspice suele tener ese efecto. El disolvente, me gusta llamarle. Él aparece, las imágenes se diluyen, la concentración se esfuma, la meditación se frustra.

—Si fueras creyente —dice y noto cierta incomodidad en sus palabras—, estarías viendo criaturas aladas, encorvadas, muchas de ellas cornudas, algunas con rabo, todas con garras, babosas y con grandes colmillos —explica, y la incomodidad en su voz se convierte en tristeza—. Si fueras creyente, princesa, verías demonios.

—¿Demonios?

—Sí, pero no lo eres… —dice, interrumpiéndome—. No importa cuánto te esfuerces ni cuánto lo desees. No crees. En nada. Y eso jode ¿sabes? Aunque lo importante, imagino, es que, a causa de ello, ves parásitos.

—¿Parásitos?

—Parásitos —repite y yo no puedo evitar pensar en lo que he estado escribiendo los últimos días y siento un fiero escalofrío que no sé si ha sido físico o solo mental.

—Mis demonios son parásitos —digo y las imágenes de mi novela vienen a mí con más fuerza—. Se alimentan de otros para existir. Los necesitan. Mis demonios son parásitos personificados.

—Quizás sea al revés —aventura y de pronto lo veo frente a mí, sentado en una silla que no debería estar allí, encogiéndose de hombros—. Quizás, al escribir, has convertido a tus parásitos en demonios.

—Pero mis demonios me caen bien —me defiendo, o quizás a ellos, que, demonios o no, son mis personajes y de alguna manera les quiero—. Estos bichos en cambio…

—Tus demonios te caen bien porque los entiendes. O quizás porque quieres salvarlos. Te empeñas en salvar a todo el mundo, siempre.

—No salvaría a las babosas-parásito…

—Porque no las entiendes —dice y una sonrisa llena de ternura curva sus labios—. Me has preguntado qué son, pero no te he contestado ni has insistido.

—Porque sé la respuesta —afirmo y me sorprendo a mí misma provocando que una de las cejas de Aúspice se curve y me arranque una sonrisa al ver, otra vez, el inconfundible gesto.

—¿Sí?

—Sí —digo y él asiente a la vez que me anima a decírselo con un gesto circular de la mano—. Son complejos, prejuicios, ideas enquistadas… —explico, repitiendo las palabras que él me dijo mucho tiempo atrás y a las que, al fin, puedo poner cara.

—Construcciones sociales, ideas colectivas, los miedos de las almas humanas que cohabitan en un mismo espacio y tiempo… —sigue por mí, ampliando su propia definición, y me sorprendo al entenderla—. Causa y consecuencia de vivir en un lugar y momento dados, de formar parte de una sociedad.

—Entonces no se puede luchar contra ellos —murmuro, perdida en los pensamientos que sus palabras han desencadenado—. No puedo eliminarlos porque me humanizan y sociabilizan ¿no?

—En parte, sí —admite y la luz de sus ojos se oscurece, tiñéndolos de tristeza—. Pero se puede vivir en y formar parte de sin pertenecer a…

—Yo quiero pertencer a mi tiempo y lugar —me quejo, a la vez que la imagen del cerebro plagado de parásitos aparece otra vez frente a mí, provocándome nuevas náuseas.

—Piensa otra vez en lo que has dicho… Piensa en ese verbo: Pertenecer.

Lo hago. Me concentro en la palabra. Respiro. Me concentro más. Y todo desaparece en torno a mí. Ya no hay cerebro ni parásitos. No hay Aúspice ni silla. Solo una palabra. Y cientos de imágenes rápidas, casi como fogonazos de luz, se muestran ante mí. A pesar de la velocidad puedo distinguir lo que veo, y, peor, sentirlo: Veo posesión, y siento esclavitud. Veo propiedad, y siento esclavitud. Veo objetos, veo amos, veo cadenas, veo grilletes. Siento miedo, siento pena, siento rabia y, sobre todo ello, siento dolor.

No me gusta la palabra, la alejo, la destierro y me siento ruin por no haber pensado nunca en ella en esos términos pero hacerlo ahora con tal claridad.

—¡No quiero pertenecer a nada! —grito y mi voz, que es un producto más de mi mente retumba en la oscuridad—. ¡No quiero pertenecer a nadie!

—Pues deshazte de ellos —oigo decir a Aúspice mientras, todavía en la más absoluta oscuridad el mismo cerebro plagado de parásitos aparece ante mí.

Me acerco. No hago zoom, no. Esta vez me acerco y estiro la mano. Toco una de esas cosas viscosas y palpitantes. Me da asco y miedo… Tiemblo…

—No quiero pertenecer a nada… —murmuro y me doy cuenta de que me estoy intentando convencer a mí misma de esa idea—. No quiero pertenecer a nadie. Y mucho menos quiero pertenecer a esto.

Al mismo tiempo que las palabras salen de mi boca agarro con fuerza a la viscosa criatura y tiro de ella. Noto un fuerte calambre en mi cabeza, pero sigo tirando. Duele. No sé por qué duele, pero estiro con más fuerza. Sangra. No sé por qué sangra, pero estoy decidida a no detenerme y el más intenso dolor que jamás he sentido me atraviesa al mismo tiempo que la criatura al final cede.

Duele. Duele mucho. Duele más que nada que nunca antes haya sentido.

No veo, no siento, no respiro. Y aún así se que el bicho está en mi mano, removiéndose, luchando, queriendo volver al hogar del que lo he arrebatado igual que él me arrebató a mí de mi pequeña casa empedrada. Lo odio. No puedo verlo, pero lo odio. No sé qué es, ni qué representa exactamente, pero lo odio. Jamás había sentido un odio igual. No, jamás había odiado hasta ahora, todo lo anterior no era más que una lejana sombra de esta emoción que me llena por momentos, me posee.

—Tienes que seguir —oigo decir a Aúspice, y no sé cómo ni por qué pero mi odio se extiende hacia él—. Lo que sientes no es tuyo. Son ellos. Arráncalos.

Odio al bicho que sigue revolviéndose sobre sí mismo en mi mano y al que ahora oigo chillar con agudos y dolorosos aullidos. Odio al ser que me habla desde algún lugar que desconozco. Odio el entorno, aunque no sé dónde estoy y ni siquiera puedo ver. Odio el cerebro que sé que sigue frente a mí. Me odio a mí misma. Pero, sobre todo, odio a esos seres, usurpadores que me han quitado lo que más quería.

Y a tientas, sin ver apenas y llevada por ese odio punzante e hiriente, busco otro de esos bichos sobre el viscoso órgano infectado. Lo encuentro y palpo para asegurarme, aunque ahora mismo no me molestaría arrancar cualquier otra cosa, cualquier otra parte. Y estiro con más fuerza de la que nunca pensé que tenía.

Grito. Y mis alaridos de dolor se mezclan con los de las dos criaturas que penden ahora de mis manos. El dolor es insoportable, el estruendo también. Pero ya no hay odio, solo pena. Una pena atroz, capaz de paralizarme y hundirme hasta la miseria. Y miedo… ¡Oh, jamás había estado tan asustada!

No puedo moverme, ni chillar, ni siquiera quejarme por el horrible dolor punzante que se ha adueñado de mi cabeza. Pero sé que si me detengo, que si me quedo quieta, jamás podré continuar. Me muerdo el labio y me obligo a lanzar lejos aquellas dos criaturas chillonas. Oigo el viscoso golpe que dan contra el suelo, pero no quiero darme tiempo para pensar. Estiro las manos, palpo, localizo más, y tiro. Tiro de ellos con todas mis fuerzas, uno tras otro, sin contemplaciones, mientras el dolor que siento se incrementa, y una cálida sustancia me llena las manos. Sé que es sangre, el cerebro está sangrando. Y el miedo hace presa de mí, pretendiendo detenerme, pero me repito que nada de esto es real, no es mi cerebro, solo una imagen mental. Y sigo. Arranco bichos uno tras otro. Grito cada vez que el dolor se incrementa con una nueva y aguda punzada, pero no me detengo. Los lanzo lejos, los oigo caer, chillar, reventar… Pero no me detengo… Sigo, y sigo, y sigo, en lo que parece una horrible eternidad.

Unas manos se posan sobre las mías. Lucho contra ellas llevada por un frenesí destructivo y doloroso. No consigo deshacerme del suave y cálido tacto que me retiene y que poco a poco se convierte en una larga caricia llena de ternura. Oigo un llanto desesperado y gritos de agonía mientras me pierdo en la suave caricia que sostiene mis manos, libres ahora de la desquiciada tarea que habían emprendido y me doy cuenta de que los gritos son míos, también el llanto, el dolor…

—Ya está… —oigo decir a Aúspice y de pronto me encuentro entre sus brazos. Me sostiene y me levanta del suelo. Yo no puedo protestar, ni quejarme. Me dejo llevar, muerta de dolor, pero ya sin miedo, ni odio, ni ninguna de las oscuras y atroces emociones que se habían adueñado de mí. Me acurruca contra su pecho y me dejo hacer—. Ya está, princesa. Ya acabó.

Siento que Aúspice se mueve mientras todavía me sostiene y me calma con palabras amables cuyo significado no entiendo. Me abrazo a él. Sigo llorando, pero lentamente el dolor desaparece, la visión regresa y con ella el resto de los sentidos.

—…Ya se ha acabado todo —sigue diciendo Aúspice—. Al fin… Se ha acabado…

Por un momento me da la sensación de que habla tanto para él como para mí y que sus palabras tranquilizadoras son la expresión de un alivio que creía imposible. Pero no puedo pensar en ello, no puedo pensar en nada. Lo único que puedo hacer es acurrucarme contra él mientras me sostiene y su aliento acaricia mi sien.

—Ya se ha acabado —repite—. Y al fin estamos en casa…

Un suave beso sobre la sien me invita a levantar la vista. Frente a mí, mi pequeña casa de piedra, la yedra que cubre dos medias paredes, el sauce que da sombra a la entrada, el viejo pozo de piedra… Mi casita de piedra… Mi hogar.

—Ya estamos en casa, princesa… Ya estamos en casa.

De junglas asfálticas, desiertos vitales y pequeños oasis de calma

En estos días (¿semanas? ¿meses?) de extraña calma primaveral me he dado cuenta de algunas cosas. Quizás sea solo fruto de haber parado, de haber bajado el ritmo hasta casi detenerlo. O quizás haya sido por cualquier otro particular, algo como los habituales paseos al aire libre, que es sabido que ayudan a calmar la mente y a ganar perspectiva. O de pasar más tiempo con la familia, que también ayuda a relativizar. Pero, sea cual sea la causa, lo agradezco.

La cuestión es que he podido preguntarme aquello de «¿cómo quieres que sea tu vida?». Parece una pregunta absurda, porque la mayor parte del tiempo no sentimos que podamos elegir en absoluto. Pero lo cierto es que hay pequeñas cosas que sí podemos escoger. A veces, incluso, otras más grandes. Y quizás, con tiempo, hacer de nuestro día a día algo muy parecido a esa ensoñación que aparece en nuestra mente cuando pensamos con sinceridad en la vida que queremos vivir. Por supuesto, nunca estaremos plenamente satisfechos, o, de estarlo, la percepción cambiará más o menos rápido. ¡Y menos mal! Qué aburrido sería lo contrario.

Pero, más allá de divagaciones sobre el peculiar carácter siempre insatisfecho del ser humano, la pregunta vuelve con fuerza una y otra vez a mí. ¿Cómo quieres que sea tu vida hoy?

La respuesta, no obstante, me desarma. Jamás pensé que algún día llegaría a desear lo que hoy deseo. No yo, no con mi carácter, no siendo la persona que fui y que, creía, todavía soy. Pero algo ha cambiado, seguramente yo. Y durante mucho tiempo lo he sentido como una derrota, aunque es probable que no lo sea.

Decía en este blog, allá por el mes de febrero, que tenía la impresión de estar pasando algo por alto, algo importante. Decía que vivía una suerte de déjá vu y que no me gustaba. Y creo que estaba en lo cierto.

La sensación detrás de todo esto, el sentimiento silencioso que todo lo desencadenó, opresivo hasta la asfixia, podría resumirse con una sola frase: Me estoy vendiendo. O, peor, estoy jugándome sin sentido aquello que es más importante para mí.

Y la pregunta, una vez desvelada la incógnita tras ese primer pensamiento, resonaba con más fuerza en mi interior: ¿Cómo quieres que sea tu vida? ¿Cómo quieres que sea hoy?

Tranquila. Calmada. Relajada. Feliz. Esas eran las primeras palabras que venían a mi mente, eso sí, siempre disfrazadas de utopía, presentándose ante mí como algo inalcanzable. ¿Cómo demonios, tal y como está el panorama, la vida puede ser tranquila, calmada, relajada y feliz? Vivimos en una jungla de asfalto peor que la más salvaje selva natural. Hay que competir por cada estupidez, cada pequeña cosa, desde lo más básico a lo más elevado. ¿Cómo va a ser la vida tranquila, calmada, relajada y feliz? ¿Qué pasa con las facturas, les llevo valeriana a los del banco cuando venga una de esas que no hay modo de pagar? ¿Y con los pequeños/grandes problemas del día a día, como los idiotas de la comunidad de vecinos, que no hacen más que pelearse por sandeces y hacerme perder el tiempo para decidir si pintan la escalera de blanco o crema? ¿Y con el trabajo? ¿Y con la cola del súper, esa en la que siempre, por defecto, alguien se cuela cuando te quedas idiotizado? ¿Y con los atascos? ¿Con el jefe, o la falta de él? ¿Y la mierda de condiciones laborales que hay por en medio? ¡Y solo estoy hablando de las tonterías propias y próximas, mejor no pensemos en cómo está el mundo! ¿Una vida tranquila? ¿Calmada? ¿Relajada? ¿Feliz? ¡Eso es imposible! Y aunque fuera posible, sería muy egoísta, teniendo en cuenta cómo está todo…

A lo sumo, me temo, podemos tener pequeñas parecelas, casi como oasis, de tranquilidad, calma, relax, felicidad… Con suerte, oasis de realización, satisfacción, plenitud. Eso sí que es posible, a veces con más facilidad que otras, lo sé, pero posible al fin y al cabo. Yo he tenido esos oasis. He vivido en ellos y he sido feliz. No porque mi vida respondiera a ese ideal de calma, tranquilidad, relajación y felicidad, sino porque siempre, por terribles que fueran las circunstancias, podía acudir a ellos y, como los viajeros en el inmenso desierto, descansar y retomar fuerzas para poder volver a la batalla diaria, esa en la que la calma, la tranquilidad, la relajación y la felicidad suenan a mentiras que nos cuentan en la tele en spots de treinta segundos.

Esas parcelas, esos oasis, deberían ser sagrados. Tendríamos que esforzarnos porque se mantuvieran prístinos, a salvo del ajetreo diario de esa jungla asfáltica a la que llamamos mundo y nuestro ir y venir en ella, que es nuestra vida. En cambio, yo corrompí el mío.

Mi oasis, mi zona perfecta y alejada del ruido, los problemas y las preocupaciones, eran mis historias. Mi oasis era escribir. Solo eso me daba fuerzas para seguir con lo demás y para disfrutarlo, incluso cuando era malo o no todo lo bueno que se podía desear. Al final del día, o al principio, o en cualquier momento que quisiera, solo con cerrar los ojos o con sacar ese cuaderno que siempre llevaba conmigo, podía volar hasta ese lugar mágico, casi místico, en el que mi imaginación y mis letras eran todo lo que había. Si mi jefe me pegaba una bronca, yo pensaba en mundos de fantasía y personajes por conocer. Si el banco devolvía una factura, me hacía fuerte pensando en que mis historias algún día servirían para que eso no pasara. Si quedaba atrapada en un atasco, imaginaba cualquier nueva escena para lo que fuera que estaba escribiendo en ese momento.

Lo que jamás imaginé era que tratar de convertir en realidad ese sueño, que era mi oasis de historias, pudiera ser sinónimo de corrupción, primero, y desaparición después. Si hablamos de una parcela habitable en mitad de la jungla asfáltica, el asfalto, igual que la imbatible vegetación, la invadió hasta tragársela. Si hablamos de un oasis en el desierto, fue la arena la que venció. Poco importa el ejemplo a seguir, porque el resultado es el mismo. Pretender traer el sueño a una realidad cruel y violenta llena de crueldad y violencia el sueño.

Y quiero mi oasis en mitad del desierto, mi parcela habitable en la jungla, de vuelta a mi vida.

Esa es mi respuesta a la pregunta. No me importa cómo sea mi vida, aunque puedo tener preferencias, siempre que tenga mi pequeño refugio de historias, sea oasis, parcela o habitación con inciensos y velas.

No quiero que el asfalto o la arena entren en mi pequeño reducto de tranquilidad, calma, relax y felicidad. No, no quiero eso. Pero eso fue lo que hice. Y, ahora, a lo sumo, solo puedo desfacer el entuerto.

Toca despejar la parcela, retirar las hierbas y plantas, hacer retroceder la selva. Hay lugares que, sencillamente, deberían ser sagrados. En ellos no tiene cabida la competitividad despiada del mundo en que vivimos, la crueldad del día a día en la dichosa jungla asfáltica.

¿Cómo quiero que sea mi vida? No tengo ni idea, aunque pueda tener preferencias. Lo que sí sé, al fin, es cómo no quiero que sea.

 

Autora invitada en el blog de Olga Núñez Miret

Por algún motivo que escapa a mis conocimientos, la opcion de rebloguear entrada no ha funcionado, así que aquí os traigo el post que Olga Núñez Miret dedicó a esta servidora y sus libros hace algunas semanas en su blog, que, por cierto, es uno de los mejores blogs de autor que circulan por ahí, con temas diversos, pero mucha información y reflexiones sobre esto de ser escritor independiente.

Bueno, lo dicho, aquí el enlace, y echadle un ojo al blog de Olga, o, mejor, seguidlo, que lo merece.

Me voy a escribir, que es lo que debería de estar haciendo desde hace rato. Besines.

PD: Sí, ya sé, se supone que cuando a uno le dedican una entrada se dedica a darle dfifusión de inmediato, pero ¿os había dicho ya que me había tomado unas vacaciones de mí misma? Pues eso, que no me había enterado… Vaya fracaso de proyecto de escritora que estoy hecha, ¿eh? :p

Un bajón o unas vacaciones o un retiro en el paraíso…

 ¿En serio es necesario que os lo diga? ¿Sí? Va… Mirad la última entrada del blog… No, esta no, esta la estoy escribiendo ahora, me refiero a la anterior. Sí, esa, la de fecha a 20 de Febrero, ahora que es 24 de Marzo… La del remake, del «me estoy perdiendo algo». Sí, sí, esa que suena a «Carmen está depre». Pues eso, que sí, que lo estaba, que lo estuve, que, supongo, todavía lo estoy un poco. Y, sí, digamos que de nuevo tropecé, me dí de morros contra el suelo y se me saltaron algunos dientes. Es lo que pasa cuando uno quiere correr demasiado.

Así que, sí, por eso he estado algo fuera de juego (ejem, algo… todo… ¿qué más da?) Básicamente me he tomado un mes de vacaciones, de replantearme la vida y esas cosas que hace una de vez en cuando. Si gustáis, podéis imaginarme llorando por los rincones en modo alma en pena, me consta que a más de uno eso le congratulará. Pero lo cierto es que he estado leyendo, escribiendo y, sobre todo, disfrutando de mi señor esposo, que está también de vacaciones, aunque el próximo lunes ya se nos acaba esta especie de luna de miel sin salir de casa.

Si os preguntáis qué he sacado de nuevo de mi periodo introspectivo, lamento decepcionaros. Nada nuevo. Mis conclusiones, después de la desconexión, son las mismas que eran antes de ella. Salvo que por primera vez en mi vida me he planteado seriamente esa cosa de ser mamá, pero eso, me temo, no tiene nada que ver con la escritura ¿verdad? Así que, no, nada nuevo bajo el sol, salvo que parece que me hacían falta las vacaciones. Quizás, solo quizás, si me tomara unos días libres de vez en cuando no tendría que sufrir una crisis existencial cada año y medio aproximadamente que me obligara a retirarme por un tiempo para hacer lo que tendría que haber hecho por motu propio: Relajarme, disfrutar de la vida, cambiar los muebles de sitio, salir por ahí, pasar días enteros en la cama deseando que nunca acabe la estancia en el paraíso que, quién lo iba a decir, no estaba entre el Eúfrates y el Tigris, sino en un piso de Palma (que, ¿os habéis enterado?, dicen los ingleses del Time que es la mejor ciudad del mundo para vivir. Coincido con ellos :p)

En fin, que aquí estoy, no sé si de vuelta realmente, pero sí mucho más relajada y dispuesta a seguir dando caña… Mmmm, no, en realidad no, olvidad lo de la caña. Solo estoy. Para escribir. Lo demás, ahora mismo, desde la mejor ciudad del mundo para vivir (según los ingleses…), en mi habitación recién redecorada y reconvertida en paraíso, sinceramente, me la refanfinfla 😉

Besitos

PD: ¡Ay, pero que bien se siente estar de vuelta después de haber podido descansar un poco de una misma!

 

Un remake

Tengo la terrible sensación de haber vivido esto anteriormente. Como si los últimos días de mi vida (¿semanas?) fueran un remake de una mala película.

Estoy editando los mismos libros libros que ya antes había editado, escribiendo las mismas historias, haciendo la misma web… Hasta ahora me repetía que no era una vuelta atrás, solo una puesta al día. Pero hoy me he levantado con el mismo dolor de muelas que tuve la otra vez, cuando hacía todas esas mismas cosas, y que me tuvo varios meses yendo y viniendo del dentista. Peor, decir el mismo dolor de muelas no es exacto. Es dolor en la misma muela.

Esto ya no parece una simple puesta al día…

Digo más, también me estoy encontrando con los mismos “problemas” y traumas. Entonces dejé Facebook por primera vez en mi vida, después de usarlo también por primera vez en mi vida. Ahora lo he vuelto a dejar, por exactamente los mismos motivos. Entonces llegaron comentarios a mis libros de amazon en plan “una estrella porque no lo he podido descargar”, hoy en plan “una estrella porque no había leído en la sinopsis que era un cuento muy corto y me ha parecido que solo es un cuento muy corto”.

Así que no, esto ya no me parece solo una puesta al día…

Me parece que, visto el panorama con dolor de muela incluido, se hace conveniente parar y observar. Digo observar, que no pensar. Solo observar. Quizás también escuchar. Puede que oler, saborear y tocar. Recabar datos, en definitiva, para ver qué está pasando o, dicho de otro modo, qué demonios estoy haciendo ahora mal.

No… No se trata de averiguar lo que hago mal, no exactamente. Se trata de averiguar qué me estoy perdiendo. Porque me estoy perdiendo algo…

Así que, eso haré: Parar. Mi muela y yo paramos. Para observar y prestar atención. Con suerte, para reparar en eso que es nuevo, o distinto, o viejo y conocido pero extrañamente sorprendente… Ese detalle que hace de este momento uno único y que te da la pista del camino a seguir, como una estrella que fugazmente ilumina la senda y refleja su trazado en el cielo.

Parar, observar y prestar atención.

Nunca me han gustado los remakes…

Consejos a la Carmen para sobrevivir como indie: Sobre la promoción en Redes Sociales I

Bien, después de mi paseo forzado por el Lado Oscuro y todo aquello de «mira, que les den a todos. Tú intentas echar un cable y te putean, pues que se los folle por detrás un pez espada», vuelvo a las andadas. Un día y pico de bajón es más que suficiente para descender a los infiernos, echar unas partidas de póquer con Lucifer, y descubir (otra vez) que el olor a azufre te marea.

Eso sí, me he quedado con uno de los consejos que, entre whiskys, repoquers y escaleras de color, me dio de forma gratuita el tipo con cuernos ese que se ha empeñado en demostrarme que aunque los humanos seamos imbéciles, de alguna retorcida manera valemos la pena como especie. Todos sabemos que el Caído es un mentiroso sin remedio, así que a eso me aferro y procuro no hacerle demasiado caso. Es más que probable que su insistencia en ese mensaje se deba a que disfruta viendo como mi fe en la humanidad se desquebraja paulatinamente. Pero sabe jugar a las cartas, el whisky que guarda ahí abajo es de reserva y es un buen compañero de cogorza cuando estás hecho mierda.

¿Su consejo? Que me alejara de Facebook. Y eso he hecho. Así, sin preguntar más ni intentar justificar nada. Le he hecho caso al Diablo, que es un mal vicio que tiene una, entre muchos otros, como el whisky de reserva o jugar al póquer entre llamas. Nadie dijo nunca que yo fuera perfecta 😉

Por lo demás, lo dicho, vuelvo a las andadas y me niego a pensar que lo más sano para uno mismo y el éxito de sus libros sea guardarse muy adentro lo que sabe, no sea que la competencia lo descubra y te fastidien las ventas. Es posible que no pueda montar un chiringuito digital para que los indies que quieran colaboren y ganen visibilidad, porque me lo sabotean de la peor manera posible. Pero sí puedo soltar mis estupideces varias, por si a alguien le sirven en mi propio blog ¿no? Pues a eso vamos, yo y mi inquebrantable (aunque algo más magullada) fe en ese simio pensante al que llamamos hombre.

[Una fe que no impide que haga copias de seguridad de este blog y su base de datos cada diez minutos, lo digo por si a alguien se le ocurre aplicarle el mismo tratamiento que a la página para indies defenestrada].

Bien, al grano, que esto era una entrada sobre promoción en Redes Sociales y no sobre aventuras infernales de esta tarada que os escribe.

Promoción en Redes Sociales para autores indies I

Como siempre, y sí, es necesario que lo diga de nuevo, estos consejos se basan en la experiencia de una servidora y el conocimiento que traía conmigo de anteriores ocupaciones y no en sesudos estudios ni en encuestas de uso y repercusión que, como buenos y avezados escritores del entorno digital, podéis encontrar solitos. Por eso no incluyo bibliografía, pues me consta que sois capaces de hacer vuestra propia búsqueda si estáis interesados en ampliar y, además, permitidme que os lo diga, citar fuentes y crear referencias bibliográficas es un coñazo que me niego a llevar a cabo salvo cuando es imprescindible (esto es, cuando me evalúan).

Del mismo modo, y ya sé que soy cansina con la cuestión, me veo obligada a repetir que las fórmulas, trucos y consejos que pueden funcionar a un autor o para un libro en concreto, no tienen por qué funcionar para otros, así que cada uno debe encontrar su particular fórmula magistral a base de experimentar mezclando en diversas cantidades los distintos ingredientes, como si de un alquimista 2.0 se tratara.

Hechas las habituales aclaraciones, entremos en materia empezando por el principio. ¿Qué demonios son las redes sociales? En teoría, según los manuales esos que crean los señores que se dedican a observar y estudiar lo que han venido a llamar «sociedad del conocimiento*» (que sería la nuestra, por absurdo que nos parezca), las redes sociales son esas herramientas alumbradas en el entorno de la web 2.0 que se basan por un lado en la accesibilidad para el usuario medio y por otro en la interacción entre usuarios.

Dicho en otras palabras, antes de la web 2.0 solo podía crear contenido en Internet el usuario que tenía unos mínimos (lo de mínimos es un decir…) conocimientos de programación web, html y demás lenguajes raritos que fueron surgiendo paulatinamente de las cabecitas de unos tipos a los que el común de los mortales tildaría como poco de frikis, pero sin los que seguiríamos comunicándonos por correo postal o teléfono fijo. Así que el nacimiento de la web 2.0 supuso que cualquier usuario sin conocimientos de programación pudiera crear contenido para la web, es decir, tener su rinconcito en Internet.

Pero hemos dicho que la otra característica de la web 2.0 era la interacción entre usuarios. Si bien el mero hecho de que el usuario medio y sin conocimientos de programación pudiera aportar su granito de arena al enjambre digital ya se considera interacción (entre el usuario y el medio, y el usuario que crea el entorno accesible en el medio y el que lo utiliza para crear su rincón, lo que hizo que el medio se convirtiera en canal, por cierto), la cosa fue un paso más allá. La irrupción de las herramientas de tú a tú y de tú a vosotros en el entorno digital, cuyo primer y principal exponente fueron los chats.

Así que, según los manuales, las redes sociales serían toda herramienta 2.0, es decir, que permita la creación y publicación de contenido a cualquier usuario y la interacción con otros usuarios de forma directa o no. Esto abarca desde el más vulgar chat, hasta los blogs, pasando por los wikis, los foros, twitter, facebook y prácticamente todo lo que hoy en día usamos con normalidad.

No obstante, para el usuario medio, esto es, para el común de los mortales, las redes sociales son, sin más, Facebook, Twitter, Google Plus y análogos. Los más avispados también incluyen en las listas las redes de blogs.

Lo que como autores indies que pretendemos sobrevivir en esta marabunta nos interesa es lo que sigue:

  1. Las redes sociales, tomemos la descripción académica o la del común de los mortales, son gratis y fáciles de usar. Dirían los estudiosos: Accesibles.
  2. Se basan en dos putos principales, a saber, la creación de nuevo contenido y la interacción.
  3. Son masivas (traducido al cristiano: Las usa todo dios)
  4. Nos permiten ser al mismo tiempo informador e informado, es decir, medio y público.

Si nos fijamos solo en los puntos mencionados, que, insisto, son básicamente los que nos sirven como autores independientes que quieren promocionar sus obras, no nos es difícil concluir que, mayoritariamente, las usamos fatal. Dicho de otro modo, no sacamos al canal -porque sí, son un canal, no un medio, aunque puedan funcionar como tal- todo el rendimiento posible. Veamos:

1. La accesibilidad es un arma de doble filo. Nos permite usarlo todo. Pero generalmente pocas veces nos tomamos el tiempo de conocer a fondo el canal, más bien pasamos por ahí, dejamos los cuatro datos para estar presentes y seguimos a lo nuestro. Pero, al parecer, más vale ser un usuario completo (es decir, que conoce el canal y lo usa con toda la potencialidad que ofrece) de unas pocas redes que un usuario pobre (traducido así a pelo del inglés, no sé qué palabro le encajaría mejor en español) de muchas redes.

2. La mayoría de nosotros (por no decir todos) se enfoca más (mucho más) en uno de esos dos puntos, o bien interactúa mucho, pero ofrece poco o nada nuevo o interesante, o bien ofrece contenido, pero interactúa poco. Eso generalmente se debe al desconocimiento del canal, pero también a la falta de tiempo, porque, de nuevo, si pretendemos estar en muchas redes, salvo que no hiciéramos nada más en todo el día, es imposible que en todas ellas ofrezcamos contenido nuevo o interesante y, además, interactuemos. O alguna (muchas o todas, a veces) de nuestras redes sale mal parada en ese equilibrio entre interacción y creación, o nos centramos en menos de ellas.

3. Que sean masivas es bueno, nos interesa que nos vean y conozcan ¿no? Pero también implica que hay mucha información circulando y mucho ruido (no recuerdo cuál era la definición de libro de ruido, pero diremos, para entendernos, mierdas varias que impiden que el mensaje llegue íntegro -o llegue sin más- del emisor al receptor). Y eso, amigos, nos perjudica. A veces, para obtener la visibilidad deseada, sencillamente repetimos el mensaje hasta la saciedad, pretendiendo destacar entre el cúmulo de información y el ruido, pero lo que ocurre entonces es que nos convertimos en ruido. No obstante, la repetición es esencial en este tipo de canales, pero no si se usa como única estrategia como veremos.

4. A nadie, ni siquiera al más acostumbrado al medio digital, se le da demasiado bien la doble personalidad. Y eso es precisamente lo que nos ocurre en las redes, nos desdoblamos en informador e informado, medio y público. El problema es que no nos cambiamos de traje, actuamos como público igual que si fuéramos medio y a la inversa. Eso acaba provocando cierta disonancia en nuestros mensajes, que al final resultan estar saturados de ruido.

Y toda esta parrafada, queridos amigos, es para decir:

Paso uno del indie aspirante a best seller (o, al menos, a superviviente en el negocio). Elegir sabiamente tus redes, priorizando aquellas que más se ajustan a tus conocimientos, objetivos y medios (tiempo, principalmente) disponibles.

En próximas entregas (esto es, cuando una servidora tenga tiempo y ganas), veremos cuáles son las principales redes de interés para el escritor indie aspirante a superviviente, sus pros, contras y características básicas de cara a la promoción.

Ea, pues, sed felices 😉

*La sociedad del conocimiento sigue a la de la información, que es la inmediatamente anterior al tiempo que vivimos, siempre según los estudiosos del panorama… La segunda, la de la información, se caracterizaba por el, digamos, liderazgo de los medios de comunicación tradicionales (periódicos, televisión, radio..) que permitían acceder a la información a cualquiera que estuviera interesado. La primera, la del conocimiento, se caracteriza por la irrupción del medio digital, sí, pero sobre todo porque se ha diluido la figura de informador y medio de comunicación, cualquier usuario puede convertirse eventualmente en medio e informante. Asimismo, también destaca por la facilidad de acceso a la información y al conocimiento que ha traído consigo. Esto tiene, huelga decirlo, tantos contras como pros y es materia de un continuo debate que, por muy interesante que sea, a una servidora le aburre sobremanera. Pero, vamos, que no es difícil de encontrar información al respecto por ahí, si tenéis curiosidad.

Epitafio (Asumir lo que soy. Epílogo)

Muerto casi antes de nacer. Asesinado. Esto resume lo que ha pasado con el proyecto que, tan ilusionada, os anunciaba ayer en la que, supuestamente, debía ser la última entrada de la serie esa sobre mi aventura indie.

Era un proyecto chulo, que me estaba llevando mucho trabajo, sí, pero el trabajo nunca me ha asustado. En dos días había conseguido construir una web resultona que pretendía ser una plataforma de encuentro para autores indies, además de un escaparate de cara a los lectores. Solo era un esqueleto de web, porque el contenido debían aportarlo los autores que se unieran. Y, supongo, ese fue el problema. Pensar que los autores se unirían sin que nadie se escandalizara y le entrara un ataque de ¿pánico? ¿envidia? ¿rabia? A saber lo que pasó por la mente de ese (o esos) individuo (s).

El caso es que solo en menos de una hora, a contar desde la primera publicación de blog compartida en Facebook, habían bloqueado y prohibido la página -todos los enlaces relacionados con ella- en esa red social. Sé que fue menos de una hora porque publiqué a las dos menos veinte, más o menos, y estuve compartiendo en grupos hasta las dos, hora a la que cada día dejo el ordenador para convertirme en maruja y empezar a preparar la comida mientras arreglo un poco la casa hasta que mi marido llega a las tres. Ya no volví a sentarme frente al ordenador hasta las seis de la tarde, más o menos, momento en el que me encontré varios privados en Facebook de gente que me decía que «ahora ya no encuentro el enlace que has compartido, ¿puedes volver a pasármelo?». Intenté pasárselo, claro, pero no podía. La web había sido bloqueada, por peligrosa. El primero de aquellos mensajes solicitando de nuevo el enlace era la des 14:28.

A raíz de eso descubrí que no solo era imposible compartir nada relativo a esa web en Facebook (aunque el enlace fuera uno de esos breves o uno redirigido), sino que también habían desparecido las publicaciones de o sobre la web anteriores.

Supongo que en ese momento tendría que haber sospechado que algo malo pasaba, pero solo me mosqueé, despotriqué un poco, publiqué un post de desahogo en la susodicha web, y me fui a tomar el aire para que se me pasara el mosqueo. No le di más importancia que la de «cualquier idiota aburrido lo ha denunciado, cuánto amargado hay suelto por el mundo, blablabla». Así que opté por tomarme el día libre y, al más puro estilo Escarlata O’Hara, decir aquello de «ya lo pensaré mañana».

Y mañana, que es hoy, llegó. Y quise entrar en la web para seguir trabajando. Y no había web.

Después de investigar, contactar con el proveedor y todo eso, la conclusión es que la web fue pirateada. En otras palabras, alguien consiguió entrar -no en la web, sino en el alojamiento- y cargarse la base de datos y otras cosillas. El proveedor ha podido reparar su parte sin demasiado problema, pero, claro, todo lo demás depende de mi copia de seguridad. Y no hice copia de seguridad. Matadme.

El ataque, a la web, por cierto, se produjo sobre las 7 de la tarde. Así que podemos decir mi proyecto en forma de web colaborativa de indies tuvo una vida útil y real de unas cinco horitas.

Dicen por aquí y por ahí que seguramente he tocado una fibra sensible, que alguien (físico o jurídico) «se asustó». No podemos saberlo. Lo único que sí sabemos es que, casi antes de nacer, el proyecto murió.

Ahora mismo no veo con fuerzas ni con ganas de volver a empezar. Llamadme débil o acusadme de arrojar la tolla a las primeras de cambio, me da igual. Esto tenía que ser una inciativa sobre todo divertida, no un dolor de cabeza. Dolores de cabeza tengo ya a montones.

Quizás más adelante, en otro momento, después de haberme recuperado del chasco, vuelvan las ganas. Pero no ahora. Lo siento. Sé que había gente que le hacía gracia la idea es incluso algunas personas ilusionadas. En cualquier caso, otra vez será :(

De nuevo, mis disculpas a todos los que de una manera u otra se habían incolucrado en el proyecto y también mi más sincero agradecimiento. Y, tranquis, que más allá del pasmo, estoy bien. Ya os dije que soy experta en resbalones y caídas, también en salto al vacío sin sistema de seguridad. Así que esto no es más que otro patinazo, parte del aprendizaje en el método ese al que soy tan aficionada del ensayo y el error, y, quizás, dentro de un par de años, un capítulo de una serie de posts sobre lo que he aprendido en esta segunda parte de mi aventura como indie 😉