Diario de una escritora

Aventuras y desventuras de una contadora de historias

No hay proyecto serio que valga si no hay plazos de entrega, aunque a veces dichos plazos parecen servir solo para incumplirse. Lo cierto es que, al menos en mi caso, las fechas de entrega me sirven para organizar el trabajo diario, pues en función de ellas y del progreso que voy haciendo puedo ir calculando con más facilidad qué debo hacer cada día y dónde centrar mis esfuerzos. Tal vez es por ese papel vertebrador que para mí suele ser casi igual de importante crear un calendario realista de trabajo que el trabajo en sí mismo.

En esta ocasión, el primer plazo viene impuesto por la misma idea del proyecto, esto es, terminar Ladrones de Almas antes del final del verano. La cuestión es más bien cómo me organizo para revisar, corregir y poner al día todo el material que tengo y, al mismo tiempo o después, eso está por ver, otorgarle un final digno a la historia. Debo admitir que ayer esto me parecía una tarea titánica y a ratos hasta imposible.

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El mayor problema al que me enfrento es que no sé hasta qué punto para poder crear un final digno para la historia es necesario que haya modificaciones en el borrador original, ese que está inacabado, pues, quién sabe, puede que su estado se deba, precisamente, a que hay fallos argumentales, de trama o de estructura importantes que pueden haberme pasado desapercibidos a causa de la naturaleza de la historia, que nació como folletín por entregas. Al fin y al cabo, no sería raro pensar que por estar más centrada en que las entregas tuvieran continuidad entre sí y engancharan al lector pasara por alto otros aspectos que en otro tipo de escritura, más pausada y meditada, no suelen suponer ningún problema.

Así pues, he optado por ir trabajando el texto en fragmentos de 50 páginas, no solo para revisarlos, sino, a partir de ellos, ir creando la escaleta de la historia para ver si realmente todas las piezas encajan, o si ha algo que falta, sobra o no está en el lugar correspondiente. Es decir, voy a hacer la escaleta escena a escena casi como último paso, en vez de hacerlo en primer lugar, como en teoría debe hacerse. Además, esto me permite avanzar bastante rápido y no necesariamente de manera lineal, por lo que puedo ir avanzando al mismo tiempo y de manera coordinada en la revisión y la finalización de la historia.

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Debo confesar que jamás he trabajado de esta manera, suelo ser bastante más ordenada o mucho más caótica, pero esta evolución del caos al orden es totalmente nueva para mí. Veremos qué sale.

Por otro lado, si el trabajo dividido en fragmentos de cincuenta páginas avanza a buen ritmo es posible que a finales de este mismo mes tenga terminada la revisión del borrador original. Si, por el contrario, el ritmo se ralentiza porque la revisión y creación de escaleta me lleva no solo a modificar contenido del fragmento actual sino también a retocar los demás o, mejor, crear de nuevos, es posible que esta fase de trabajo se alargue hasta día 15 de agosto. En cualquier caso, y no sé si soy demasiado optimista o si sencillamente me estoy dejando llevar por el entusiasmo inicial, espero tener el manuscrito listo, como máximo, el último día de agosto y, así, poder dedicar los veinte días de septiembre sobrantes a tareas de edición, como la revisión final, maquetación y creación de portada.

Sí, ahora que lo releo, todo me vuelve a sonar a misión imposible. Pero, qué queréis que os diga, si las cosas fueran demasiado fáciles también serían absurdamente aburridas. En cualquier caso, deseadme suerte porque, visto lo visto, la voy a necesitar.

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20180716_121623Tengo unas mil y pico páginas guardadas en un cajón. No solo no son gran cosa, sino que cuentan una historia inacabada, de la que, para colmo, me avergüenzo. Es triste avergonzarse de lo que se escribe, pero más triste es ser incapaz de finalizar lo que se comienza, de otorgar sentido a lo que se creó al llevarlo a su conclusión. Todavía peor es ser incapaz de hacer nada nuevo a causa del tormento que provoca la historia inacabada, los personajes abandonados, los mundos perdidos.

No quiero ser la persona que no terminó. Mucho menos quiero ser la persona que no terminó por vergüenza, por miedo al qué dirán, al cómo afectará esto al resto de mi vida. Sobre todo, no quiero ser esa persona porque de cada cien libros que se escriben noventa y nueve y medio tienen una repercusión nula en la vida del iluso que perdió el tiempo en escribirlo y, por supuesto, tampoco repercute en ningún lector, si es que hay alguno que lee el librito en cuestión. O al menos, de haber tal repercusión, nunca es tan importante que sirviera de excusa para encerrarlo en la mazmorra que es cualquier cajón o, peor, desear que nunca hubiera sido escritos o terminado.

Así pues, hoy, unos cinco años y sesenta días después de haber empezado aquella aventura que quería ser mi segunda novela pero que se quedó en mero ataque de vergüenza -quizás debería llamarlo pánico escénico-, he tomado la decisión de terminarla y publicarla. Y para ello me he impuesto dos condiciones, la primera, que esta tarea no sea más larga que lo que queda de verano, así pues, el 20 de septiembre de este año este trance debe haber quedado resuelto y, por ende, yo liberada del tormento que me aqueja. La segunda condición es darle vida en el proceso a aquello que murió, en primera instancia, a causa del mencionado ataque de absurda vergüenza, pánico escénico o, lo que es más probable que fuera, desilusión vital y pérdida de la inocencia. Esto es, este blog.

De esta manera, y a modo de conclusión, puedo decir que a partir de hoy voy a dedicar todo mi empeño en finiquitar y publicar aquel proyecto que en 2013 llamé Ladrones de Almas, pero que ya ha perdido, me temo, hasta el nombre, y que, entretanto, voy a ir contando aquí qué tal va la faena.

No sé si es una buena idea o la peor que he tenido en mi vida. En cualquier caso, está decidido y, al menos, me gusta que así sea.

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