Diario de una escritora

Aventuras y desventuras de una contadora de historias

20180716_121623Tengo unas mil y pico páginas guardadas en un cajón. No solo no son gran cosa, sino que cuentan una historia inacabada, de la que, para colmo, me avergüenzo. Es triste avergonzarse de lo que se escribe, pero más triste es ser incapaz de finalizar lo que se comienza, de otorgar sentido a lo que se creó al llevarlo a su conclusión. Todavía peor es ser incapaz de hacer nada nuevo a causa del tormento que provoca la historia inacabada, los personajes abandonados, los mundos perdidos.

No quiero ser la persona que no terminó. Mucho menos quiero ser la persona que no terminó por vergüenza, por miedo al qué dirán, al cómo afectará esto al resto de mi vida. Sobre todo, no quiero ser esa persona porque de cada cien libros que se escriben noventa y nueve y medio tienen una repercusión nula en la vida del iluso que perdió el tiempo en escribirlo y, por supuesto, tampoco repercute en ningún lector, si es que hay alguno que lee el librito en cuestión. O al menos, de haber tal repercusión, nunca es tan importante que sirviera de excusa para encerrarlo en la mazmorra que es cualquier cajón o, peor, desear que nunca hubiera sido escritos o terminado.

Así pues, hoy, unos cinco años y sesenta días después de haber empezado aquella aventura que quería ser mi segunda novela pero que se quedó en mero ataque de vergüenza -quizás debería llamarlo pánico escénico-, he tomado la decisión de terminarla y publicarla. Y para ello me he impuesto dos condiciones, la primera, que esta tarea no sea más larga que lo que queda de verano, así pues, el 20 de septiembre de este año este trance debe haber quedado resuelto y, por ende, yo liberada del tormento que me aqueja. La segunda condición es darle vida en el proceso a aquello que murió, en primera instancia, a causa del mencionado ataque de absurda vergüenza, pánico escénico o, lo que es más probable que fuera, desilusión vital y pérdida de la inocencia. Esto es, este blog.

De esta manera, y a modo de conclusión, puedo decir que a partir de hoy voy a dedicar todo mi empeño en finiquitar y publicar aquel proyecto que en 2013 llamé Ladrones de Almas, pero que ya ha perdido, me temo, hasta el nombre, y que, entretanto, voy a ir contando aquí qué tal va la faena.

No sé si es una buena idea o la peor que he tenido en mi vida. En cualquier caso, está decidido y, al menos, me gusta que así sea.

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